Entre los versos de La pausa figurada se hallan imágenes de tiempos y espacios etéreos. Su lenguaje poético, articulado para evocar imágenes y sensaciones impresas en la memoria sensitiva, se vuelve estímulo que violenta el recuerdo visceral. En la obra de la poetisa se expresan dudas interiores que se vuelcan como sabias consejas de la experiencia del espíritu. La negación del destino y del futuro es consecuencia de la ceguera de la existencia. Todo el poemario transcurre en un despeñarse con pie firme; en el que se evidencian influencias de Villaurrutia, en el dar vida a los objetos inertes; y de Gorostiza, en su fascinación por vivir la muerte de las cosas. La redención es en todo momento incierta. La “pausa” es un continuo detenerse en umbrales, dinteles hacia el todo y hacia la nada. La voz poética fluye en una conciencia de bogar a la deriva, dejando al paso una tenue estela de desencanto, gratuidad de los placeres simples y concupiscencia insatisfecha.
Bibliografía
Angelina Muñiz Huberman nació en Hyéres, Francia, en 1936. Ha sido profesora de la UNAM desde 1975. Ha colaborado en numerosas revistas y pertenece al Sistema Nacional de Creadores.
Ha publicado las novelas Morada interior (1972), Tierra adentro (1977) y Dulcinea encantada (1992), entre otras. Es autora de los poemarios Vilano al viento (1982) y El ojo de la creación (1992), y de las colecciones de cuentos Huerto cerrado, huerto sellado (1985) y Serpientes y escaleras (1991). En colecciones de la DGP del Conaculta tiene en su haber Narrativa relativa (1992), La tregua de la inocencia (2003) y Dulcinea encantada (2001).
Ha recibido varios premios nacionales e internacionales, entre los que se cuentan el Premio “Xavier Villaurrutia” 1985 y el Premio Internacional de Novela Sor Juana Inés de la Cruz 1993.